De la capital más alta del mundo a la borrachera verde de la selva
- Seguimos con nuestras crónicas de vacaciones con un viaje de 19 horas de la capital más alta del mundo a las selvas bolivianas.
- Rocío Lloret nos cuenta cómo es ir de altura imposible de La Paz al calor inaguantable de la selva cruceña.
“¿Cómo es vivir a 3.640 metros de altura?”, me preguntó un día un colombiano caribeño, de esos que tienen el sol tatuado en la piel.
El hombre, cartagenero como pocos, había subido al fuerte de San Felipe y eso era lo más alto que había estado en su vida.
Su pregunta, por tanto, no era tan tonta como se me ocurrió al principio.
Día soleado de invierno. La Paz es una hondonada rodeada por cerros, con casitas asentadas en las faldas y en las alturas, como colgadas con alfileres. 
El sol es tan brillante como el de un verano caribeño, pero no calienta, más bien quema y a la sombra se siente un frío intenso.
En las empinadas calles del centro, la gente sube y baja apurada.
Aquí hay caos: marchas de gente reclamando algo o pidiendo un poco de algo, vendedores de casi todo asentados en el suelo, vehículos alfombrando el asfalto, embotellados en calles estrechas y avenidas anchas.
“A los turistas les gusta este desorden”, me dice Carmela Mamani, pequeña y morena vendedora de sahumerios y brujerías en la calle Sagárnaga. 
En la zona están las arterias que albergan a la zona turística por excelencia: bares, cafés, puestos de ventas de amuletos aymaras, souvenirs, agencias de viaje, casitas coloniales y callejones que se niegan a despertar ante la modernidad.
Y Carmela parece tener razón.
Casi siempre quienes visitan Bolivia quedan sorprendidos y enamorados de La Paz.
Quizá por esa sensación de altura que se siente al ‘arribar’ a la ciudad, quizá por los lugares que han retenido al tiempo, quizá por la conjunción de gente que vive en la capital administrativa, quizá simplemente porque desde pocos lugares en el mundo es posible ver una ciudad desde los cuatro mil metros de altura de El Alto, la ciudad por donde se ingresa a La Paz.
Por eso, cuando alguien te pregunta “¿cómo es vivir a 3.640 de altura?”, lo primero que piensas es: “normal, como vivir al nivel del mar” o “éste quiere hacerme charla, pero qué pregunta más tonta”.
Pero luego razonas y sí, es un fenómeno vivir tan alto, subir y sentir que te falta el aire si no estás en buena condición física, o detenerte en alguna calle parada y mirar hacia abajo. 
Es, entre otras cosas, como cualquier otra ciudad del mundo, sólo que está más cerca del cielo… y eso debe causar curiosidad.
Quienes vivimos en la altura ansiamos el calor del llano para pasar las vacaciones de verano (entre noviembre y febrero).
Hay quienes preparan un plan piscina diaria y hoteles confortables, además del viaje de una hora en avión.
Empero, es más aventura llegar hasta allí por vía terrestre.
El viaje dura entre 17 y 19 horas, tiempo en el que es posible conocer la puna altiplánica, pasar por los valles templados y arribar al calor sofocante de la selva.
Ya entre el tramo de Cochabamba y Santa Cruz te empieza a envolver la “borrachera verde” que describe el escritor boliviano Raúl Botello.
Es como si te cambiaran el paisaje gris y marrón, a otro verde con matices de colores vivos.
Se escuchan las aves que vuelan en bandadas y a los costados de la carretera están las casuchas de madera construidas en una segunda planta, como la casita que Tarzán le hizo a Jane.
“Aquí el calor es muy duro”, me dice Aurelio Costas, indígena aymara que llegó al Chapare cochabambino expulsado por la pobreza de las minas altiplánicas.
Hasta hace 30 años, la zona no estaba tan poblada.
Ahora Santa Cruz se ha convertido en la zona de la migración interna, una ciudad donde conviven extranjeros de varias nacionalidades y bolivianos de los ocho departamentos.
Es la ciudad del progreso, el sinónimo de modernidad, de los lujos que no todos pueden darse.
El ‘camba’, como se conoce a la gente de esta tierra, es amable, alegre y fiestero.
A la vez, sabe invertir y arriesgarse para probar fortuna.
En la ciudad de los anillos (Santa Cruz está organizada por anillos) se ven coches de lujo y la farándula es el pan del día.
Este es el destino que buscan quienes vienen de La Paz, por sus piscinas, su clima y la cantidad de negocios de comida diversa. 
Las distancias son grandes y caminar por el centro no es tan atrayente porque es una ciudad muy joven.
Quienes se marcharon a España, por ejemplo, la añoran con un dolor inmenso.
Quizá por la amabilidad de su gente, porque de algo hay que estar seguro si se visita esta tierra: nunca te contestarán con desgano ni te faltará una sonrisa.








Comentarios (1)
Deja tu comentario25/Aug/2010 | 11:50
¿Para cuándo una de Paraguay? Muy bonito Bolivia, Ecuador, Colombia, pero a los paraguayos nunca nos hacen caso y tenemos unos lugares preciosos y dignos de visitar.