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En la cama de un hospital (II)
El cuarto donde me encuentro está quedando vacío. Antonia y su marido se marcharon. La esposa de éste, una mujer pequeña de piel morena y pelo corto, antes de partir estaba destrozada. Su esposo se había levantado como un zombie. No coordinaba, trataban de levantarlo para que caminara y sus pasos eran débiles. Su mirada estaba caída, casi dormida. No tenía aliento de seguir luchando. Antonia le reprendía, le decía que esas no eran horas de dormir, pero Pablo, como se llama, seguía en su mundo lejano.
De un momento a otro entró a la habitación mi anestesista. Sin dar espera, porque siempre los médicos andan a toda prisa, sacó de un folder unas hojas para explicarme cómo sería su trabajo. Me dijo que me iban a dormir de cintura para abajo, que me iban a poner un pinchazo en la columna y que iba a estar despierto durante la intervención.
Me dijo que no me preocupara, que la parte de la operación me la explicaría otro urólogo y no el joven con cara de niño Jesús de pesebre.
Estoy más animado que ayer. Me he levantado con más energía. El decaimiento del día anterior debe ser por los calmantes que han penetrado mis venas. Algunas veces siento el líquido caliente recorrer mi cuerpo y éste me atonta, me anula por completo.
Pienso en mi hijo a cada instante, en sus caricias y miradas. Siempre está en mi cama. Se ha convertido en mi ángel que me permite salir de aquí y tenerlo a mi lado. Ayer, su linda mami me lo pasó al teléfono. Me dijo: ‘Papi’, ¿estás con tus amigos? Se refería a Domenic Marte, el cantante de bachata e Ito, su guitarrista, a quienes invité a comer a casa. Le dije que estaba con otros amigos y que lo amaba con toda mi alma. ‘Yo también te amo papá’, respondió.
Aquí me han colocado miles de calmantes y ninguno de ellos me ha aliviado tanto como la frase de te amo de mi Víctor Manuel. Siempre que escucho canciones a través mi Iphone -en este cuarto alargado y de tres camas- trato de encontrar la perfecta melodía para dedicársela a mi pequeño. Hay una que siempre me conmueve y se llama ‘Llegaste tú’ de los mexicanos Jesé & Joy. Algunas frases de esta canción son pastillas de aliento, de vida. En ella dicen que ‘llegaste tú, la esperanza triunfó y volví a nacer’.
En pocas horas pasaré por el quirófano. Un médico con acento mexicano, pero que nació en Guayaquil me explica cómo será la intervención. En la habitación hay mucha gente y el médico, que seguro se está preparando en este hospital para ser urólogo con todos los diplomas, pide a los familiares de los compañeros de hospital que salgan al pasillo.
El joven alto, un poco extraño para ser ecuatoriano, me comentó que era de Guayaquil. Dijo que estuviera tranquilo, que me iban a meter dos cámaras al interior de mi cuerpo para ver donde estaba situada la piedra para sacarla. Me explicó, diciendo que estaba hablando más de la cuenta, que mi riñón estaba como una bota, muy inflamado, que el cálculo estaba dilatando su funcionamiento.
Son las 9:49 de la mañana y me encuentro solo en la habitación. Las enfermeras que me cuidan son muy educadas y cariñosas. Cuando veo a estos profesionales de la salud observo a personas con una entereza y una fortaleza emocional increíble. Soportar cientos de estados de ánimos, recoger las piezas rotas de cada uno de ellas es de gladiadoras. Desde que estoy aquí, casi una semana, siempre he recibido afecto y comprensión. Me cuentan que hay muchos pacientes que llegan aquí y no se quieren ir. “Tenemos que sacarlos de aquí casi a la fuerza”, contó una de ellas. “Hay algunos que se sienten solos en sus casas y al ver que aquí los atendemos y no les falta nada se sienten como en un hotel”.
Juan (aparece en la foto de arriba), mi compañero de cuarto ya fue operado de la vejiga. Es un andaluz buena gente, como los de su tierra. Está de buen semblante. Tiene unas ganas de salir de aquí y marcarse un pasodoble. El médico le acaba de decir que quizás le dan el alta mañana. Por lo pronto se ríe y activa la televisión –que es de pago-para ver sus programas preferidos, casi siempre documentales y películas del viejo oeste que transmiten a través de Telemadrid.
Antonia está llorando. Pablo está cada vez peor, pero el médico le dijo que le iba a dar el alta. “En casa se sentirá mejor y es importante que esté en otro ambiente para su pronta recuperación”. Antonia me dice: ‘Si ves cómo está; él no se encontraba así. Le digo que tenga que fe, que Pablo es fuerte. Antonia replica que el Ramón y Cajal se ha convertido en su segunda casa. “Aquí ya todos nos conocen. A Pablo lo han tratado en muchas ocasiones aquí. Hace poco le extirparon un tumor del pulmón. Pero nunca lo había visto así, derrotado, cabizbajo, sin ganas de nada”.
Una doctora conocida de Antonia habla con ella, la anima, le explica que es natural lo que está pasando. Le dice que Pablo se mejorará, que sea fuerte y que su salida le imprimirá más vitalidad.
Las horas en el hospital son lentas. El reloj no avanza. Los segundos se vuelven eternos. Tengo ganas de salir. Ya estoy en un proceso de agobio extremo. He pensado en irme sin decir nada, pero sé que no lo puedo hacer, sería una cobardía de mi parte y tengo que esperar que me operen. Ya no es por mi salud, sino por el bien mental de mi familia. Desde que vengo sufriendo de cálculos en los riñones mi vida se ha convertido en un infierno. En el último mes he sufrido varios ataques de dolor. Cuando llego a emergencias del Ramón y Cajal ya me conocen. Inmediatamemte sin dar espera me tratan con muchos calmantes, pero estos no funcionan. Al final recurren a una droga más fuerte que es parecida a la morfina y que al entrar en mi interior me produce náuseas, vómitos y escalofríos. Empiezo a ver todo borroso y las manos y piernas me tiemblan. Es tan poderosa su reacción que elimina por completo el dolor que invade mi ser. Es el alivio a un mal que no he podido derrotar en estos últimos años. Los especialistas que me han tratado me dicen que mi cuerpo produce calcio, que debo tomar una pastilla de por vida y si un día no lo hago el tratamiento se va al traste.
Es un dilema que tengo que resolver pronto. Sólo espero que este trance que me tiene en el hospital acabe definitivamente. Ya no aguanto más estos ataques que me doblegan todo mi cuerpo.
Continuará…
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Comentarios (3)
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